sábado, 25 de agosto de 2012

¿Por qué soy Vegano? !Te diré por qué!


Recuerdo claramente cuando fue la primera vez que sentí verdadera conmoción por el sufrimiento de los animales no humanos: tenía 8/9 años (1986/87) y en el noticiario matutino pasaban un reportaje sobre el “valeroso” trabajo que realizaban los “intrépidos vaqueros” (así se les llamó en TV) en el Camal (Matadero) Municipal de mi ciudad de Guayaquil. En dicha grabación, pude ver cuando las vacas llegaban a los terrenos del matadero y eran bajadas a empujones del camión en donde viajaban. Muchas de ellas desconcertadas y temerosas. Caminaban con lentitud y resbalando sus pasos. Dos de ellas intentaron correr lejos de sus captores al sentirse libres, y un grupo de hombres las rodearon y con gritos y diversos golpes las redujeron. A una de ellas la jalaron de la cola muy fuertemente y a otra le introdujeron los dedos en las órbitas oculares. Fue este acto de crueldad lo que me hizo preguntarme: ¿Acaso las vacas no sienten el mismo dolor que nosotros? Si alguien introdujera sus dedos en mi ojo y los retorciera detrás de mis pupilas seguramente me dolería mucho! Y esta imagen de la vaca siendo atacada de ese modo, fue algo que me acompañó mucho tiempo en mi niñez.

Obviamente como un niño que creció en los años 80’s, no conocía absolutamente nada de los derechos animales que se pregonan hoy. Crecí en un hogar en donde admirábamos la vida animal salvaje. Mi padre nos compró la Enciclopedia completa de 12 libros de Félix Rodríguez de la Fuente, y siempre recibíamos todo tipo de libros que describían la vida y hábitos de la fauna mundial. Soñaba en ser como Félix cuando grande y estudiar la vida salvaje, y a pesar de que esta admiración hacia los animales no humanos era compartida e incentivada por mis padres, nunca se nos explicó por qué otra clase de animales estaban simplemente predestinados para el consumo humano.
Mi familia por parte de padre provenía del campo, por lo tanto en muchas ocasiones viajábamos al campo por días enteros a visitar a familiares lejanos, y era común que al llegar pasáramos por los corrales viendo la futura comida que se serviría en el festín familiar. Pavos y cerdos principalmente constituían el menú selecto, y el sacrificio de éstos últimos nos impresionaba muchísimo en aquellos días por la lentitud del animal en morir desangrado y los incontenibles y fuertísimos chillidos que emitía hasta su último aliento. Los cerdos recibían una puñalada en el corazón (o quizás sólo cerca de él), y a los pavos al igual que las gallinas, se les retorcía el cuello hasta que la cabeza se desprendía del cuerpo por la fuerza. Todo esto era una rutina tan normal y era observada por los niños  como una naturaleza habitual al igual que recoger cosechas y acarrear agua.
Aunque las visiones del sufrimiento animal nos inquietaban demasiado, nunca pensé siquiera el preguntarle a mi padre por qué deberían éstos morir así para nuestro consumo, simplemente comía y disfrutaba de los banquetes al igual que todos los demás. Y a pesar de venir a mí eventualmente el recuerdo de aquellas vacas en la televisión, éste se desvanecía rápidamente de mi cabeza al tener frente a mí servido, el platillo del día.

El primer gesto compasivo que recuerdo haber tenido hacia un animal fue una tarde que nos despedimos de la gente del campo para volver a casa, mi hermano menor y yo debíamos recoger cierto equipaje y a la vez cargar con un par de gallinas que se nos había regalado para su posterior consumo. Yo conocía muy bien que la forma de llevar gallinas era amarrarles las 2 patas y sujetar la soga entre los dedos. De ese modo se podía llevar a la gallina (o a más ejemplares) en una sola mano colgando cabeza abajo con las alas abiertas, y cargar bajo el brazo con alguna maleta ó bolsa. Pero por alguna razón no quise cargar así con la gallina, sabía que sería nuestra comida algún día, pero no quería colgarla de cabeza y someterla a un doloroso traslado hasta llegar al coche (que estaba lejos, en otra edificación). Entonces cargué con la gallina como quien carga a un cachorro ó a un bebé en el brazo, y con la mano libre agarré una sola maleta. Obviamente mi padre al verme llegar así me recibió con un tremendo cocotazo en la cabeza por haber perdido tiempo al traer una sola maleta con el pretexto de cargar en brazos a la gallina. Este castigo por un acto compasivo hacia un animal me dejó muy perplejo. Mis padres no eran personas que maltrataban animales, se nos inculcaba cuidar muy bien de nuestros perros y gatos. Pero al igual que  todo el mundo, tenían la certeza que ciertos animales simplemente existen para nuestro consumo. Nunca más traté de ser atento con otro animal que no fuera gato ó perro. Y al llegar a la pubertad, me contagié con el deseo de divertirme a costa de la experimentación de “bichos y animalejos” que observaba en mis hermanos mayores.
Debo afirmar que a los adultos nunca les ha importado realmente qué actos sus infantes cometen a otras especies, y ese descuido es el que genera una innata maldad en los niños al tratar de manera cruel a animales “inferiores”, ó a otros niños inclusive.
Una vez con mi hermano menor quisimos comprobar si era cierto que un gato siempre cae de pie, y agarramos a la gatita de la casa para dejarla caer de cierta altura tantas veces sea posible, como es de suponer, llegó el momento en que la pobre gata ya no se pudo levantar más y cojeando se alejaba de nosotros. Al día siguiente debimos confesar la verdad al ver a nuestro padre que tomando a la gata y un machete se dirigió a la parte alta de la casa. Creímos que le iba a amputar la patita! Y al oír los ruidos y los fuertes maullidos de la gata confesamos nuestro crimen. Mi padre nos mostró la gata con la pata entablillada correctamente y debimos prometer nunca más tratar a una mascota así.
Aún así, el afán de “experimentar” crecía. Con mis hermanos solíamos quemar hormigas y otros insectos con una lupa al igual que todos los chicos del barrio. Pero también solíamos atrapar sapos, ratas y ratones para someterlos a experimentos crueles como atontarlos con un golpe para luego introducirles petardos en la boca y verlos estallar por la acción del fuego y la pólvora. Destruimos docenas de panales de abejas y avispas. Y jamás nos sentimos mal por ello. Yo lo veía en mis hermanos mayores y pensaba que no había nada de malo en ello. El recuerdo de la vaca por la televisión ya casi nunca aparecía por mi memoria, y a medida que me acercaba a la adolescencia mi única compasión estaba dirigida hacia los animales domésticos, al igual que todas las personas que yo conocía.

No hay nada relevante que pueda relatar de mis años adolescentes. Simplemente consumía tanta carne como cualquier chico de mi edad, y nunca me cuestioné esto. Las frutas y verduras no eran casi nada de mi agrado. Y el único animal que realmente apreciaba era Marcy: nuestra pequeña perrita blanca y lanuda que había llegado al hogar cuando yo contaba con 7 años. Ella era la única receptora animal de nuestro afecto.

Un hecho realmente importante aconteció cuando yo tenía 18/19 años. Un amigo muy íntimo del colegio me preguntó si no quería trabajar una temporada con él y con su padre reemplazando a un empleado, y ganar así algo de dinero. Accedí gustoso, y fue así como ingresé a trabajar al Camal Municipal de Guayaquil.
En aquel tiempo (año 1996/97) el Camal estaba en “remodelación”, y el área en que trabajaban los jornaleros era muy reducida. Mi trabajo consistía en cargar sobre mi espalda partes de las vacas sacrificadas como el tórax, la pierna ó un costado completo del cuerpo para subirlo al camión de reparto y distribuirlo a diversos puntos de la ciudad.
En el reducido espacio, las vacas eran trasladadas por turno a la zona de “faenamiento”, en donde eran sacrificadas. Ignoraba si en ese tiempo en otros países el modo de matar a las reses era distinto, pero en nuestro país no era prioridad invertir en métodos menos dolorosos (en teoría) para el sacrificio de los animales. A las vacas se las arrastraba por la fuerza a un rincón en el cual 4 hombres la sujetaban fuertemente y ataban una pata trasera a una enorme cadena que las suspendía de cabeza. Una vez colgadas así, se las degollaba con un machete. La vaca se sacudía violentamente, emitía fuertísimos mugidos y yo podía notar cómo sus ojos se desorbitaban del dolor. Mientras se convulsionaba, su vientre era cortado verticalmente para así extraer así sus órganos y vísceras que eran comerciados al igual que su carne. No imaginaba que tremendo terror debía ser morir así. Día tras día veía esto pero no me detuve a cuestionarlo. Simplemente me dedicaba a correr entre los angostos pasillos regados de sangre y excrementos con mi carga a cuestas una y otra vez para subirla al camión repartidor. En el Camal era imposible respirar aire puro, era imposible conversar sin tener que gritar (los gritos de los animales te ensordecen). Y a pesar de ser un trabajo sucio e incómodo, nunca oía a alguien quejarse de ello. Muchas veces vi nuevamente cómo eran sacrificados los cerdos, y su lenta y dolorosa agonía. También chivos. A veces me preguntaba si algún día veríamos ingresar a un caballo al matadero.
Reconozco que ante todo esto yo seguía impávido ante el dolor animal. Pensaba que si las vacas eran criadas para esto, sería imposible cuestionarlo. La 1ª vez que consideré en el Camal la vida de una vaca fue el día que una de ellas escapó del área de faenamiento y corrió a los patios exteriores. Se detuvo al verse rodeada de gente, pero aún así trataba de huir hacia un lado u otro. Y al igual que había visto en la TV años atrás, recibió diversos golpes y maltratos para obligarla a volver. La jalaron de la cola y fue empujada de vuelta al matadero. Pensé entonces en esto: aquella vaca intentó luchar x su vida, no quería morir! Sin embargo su destino estaba marcado. Algunos corrimos al interior para ver si el animal seguía defendiéndose, y de hecho fue así. Peleó contra ellos con la fiereza que pudo, y lo que vi ahí dentro no fue el sacrificio de un animal, fue una verdadero asesinato. Los jornaleros se ensañaron con ella y murió en el suelo en un mar de sangre.
Después de esto ya no pude “trabajar” normalmente. El recuerdo de aquella vaca volvía a mi cabeza junto con mi recuerdo de la infancia y me vi obligado a renunciar.
Nunca más volví al camal, aunque aún así, no consideré el renunciar al consumo de carne. Simplemente, al igual que lo oigo hoy de otra gente: pensaba que no podía dejarlo.

Pasaron los años y mi mente intentó bloquear esa época. McDonalds llegó al país y al igual que tanta gente caí en sus encantos. Reconozco que me convertí en casi un adicto, en más de una ocasión acudí sin necesidad llevando a mi novia incluso para devorar aquella barbaridad. Ya no pensaba en el Camal, ya no pensaba en la vaca. Simplemente disfrutaba el momento de saborear una hamburguesa.
Vestía una chaqueta y pantalones de cuero eventualmente (aunque nuestro clima no es frío realmente). Además de botas de motorista. Y pensaba con certeza que era para eso se criaban a las vacas.  Pero el destino quiso que volviera a pisar el Camal al menos x 2 días más.
Tendría 22 ó 23 años y trabajaba como fotógrafo junto a mi novia en su negocio familiar.
Y un amigo requirió que fotografiáramos su trabajo como veterinario en el Camal
Municipal. Así que regresé a mi antiguo empleo a capturar con la cámara cómo las reses eran examinadas antes de ser asesinadas. Fue en aquella visita cuando vi otro hecho que jamás olvidaría. Las vacas eran conducidas por estrechos pasillos que llevaban al matadero, y una de ellas yacía caída de bruces sin moverse, retrasando al resto. Entonces un jornalero clavó profundamente un cuchillo en la cabeza de aquella vaca quien se lamentó dolorosamente. Pero aún así ella no pudo levantarse. El hombre volvió a hundir el puñal en la misma herida varias ocasiones y luego pateó fuertemente varias veces la cabeza del animal herido en el piso para motivarla a moverse. Pero la vaca no se levantaba, fue insultada, golpeada y herida. Y fue allí cuando hice una relación en mi mente: “Las vacas son especímenes adultos femeninos. Una vaca es el equivalente a una mujer adulta o señora. Ese animal herido en el piso siendo maltratado podría ser una señora, ¡la madre de cualquiera de nosotros! Entonces imaginé que aquella vaca era una mujer tirada en el piso, y que cada una en el corredor lo era, ¡siendo “criadas”, privadas de libertad, trasladadas contra su voluntad y asesinadas por un capricho del paladar!” Esto cambió mucho mi manera de pensar, y después de algunas semanas (o meses quizás, siendo honesto), hablé con mi novia sobre estas preocupaciones y ella me compartió su deseo de abandonar el consumo de carne. Algo que llevaba hace tiempo deseando hacer. Comprendimos que nuestros prójimos animales no humanos no son fuente de recurso alimenticio, ni para vestir, ni entretenimiento o lucro financiero.
Actualmente no consumimos nada de origen animal y no nos cansamos
de divulgar: ¡¡Hazte Vegano/a!!
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